martes, 7 de octubre de 2014

Tú soñabas durmiendo en Nueva York
















Ellos tenían cafés los ojos
la boca abierta como una iglesia
en las manos un prado y las balas
calladas apretadas en el corazón.

Eran las hormigas una hilera en el viento
verdad a medias de ojos rasgados
caminados de ida y vuelta entre el suelo y la sangre
el cabello airado pero crespo como un secreto a voces.

Alguien cuidaba la lumbre y escuchaba
la carrera de los perros y los autos.
Encima se les venían el mar y la ola dibujados en el cuaderno de la escuela
lamento de cuadrícula sobre los disparos al amanecer del 30 de junio.

Los murmullos y las piedras
pisadas con el furor de la noche en medio
de un relámpago y el metálico ruido del casquillo
cantaban sobrevolando mariposas y la guarida de los insectos.

A los muchachos los mataron los soldados una noche de manos levantadas
cuando el brazo extendido de la abuela
acurrucaba a los niños para el cuento de las brujas
junto a la ventana donde no se asoma el sol.

Tú soñabas durmiendo en Nueva York con tu mano
apretando el silencio de los días sin casa.

Llevaban ellos el incendio en sus máscaras de pájaro
y tenían escrita la tierra escarbada del último minuto
la súplica musical apenas audible que da risa si uno está jugando.

Se tocaban el corazón acomodándose la ropa
fingiendo, fingiendo, siempre fingiendo
que era un cempasúchil la herida, la flor
pisoteada del cigarro aplastado contra el viento.

¿Cuál fue la pregunta si el campo ya estaba verde
excavado de antemano, cuando todo era el silencio y las palas
apuntaban el camino, la vereda, el agujero injusto en medio de los árboles?

El viento daba vueltas entre los soldados
que levantaban la cara para no ver las duras semillas
muertos sembrados rasgando las entrañas.

A los muchachos los mataron los policías el 26 de septiembre del 2014
una tarde de banderas mexicanas partidas a la mitad
y festejos patrios de alcaldes y gobernadores.

Los subieron a las patrullas y las bocas y los ojos
se ahogaron en las luces de las torretas
que fueron el mar en ese grito del agua
atrapado entre las puertas de las casas atrancadas.

Recortado el mar sólo quedó la luna hiena.
Esa noche yo dormía con las puertas cerradas.

Los bajaron al final de un camino sostenido con estacas
y llamadas a celulares, en medio de los árboles y nada más
mirarlos les entregaron la tierra de Ayotzinapa
el mensaje guerrillero pero sin rostro
un adiós de manos rotas enrollado en papel periódico.

Los soldados miraban a las serpientes disparar entre silbidos
parados como árboles o postes de luz
en espera del almuerzo y las órdenes del nuevo día.

Nadie dijo nada en ese agujero de huesos partidos
acalladas las serpientes por el silbido. En un silbido
mientras el sol estiraba su animalidad innombrable.

Habrá que ver si levantaron la cara
si miraron los árboles, el sol en la barranca
el fuego callado apretando el corazón.

¿Cuál era la pregunta?

¿Cuál era la respuesta?

Por Miguel Alvarado

Imagen: http://revoluciontrespuntocero.com/desde-nueva-york-condenan-matanza-y-desaparicion-de-normalistas/

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